EXPECTATIVAS AL INICIO DE UNA RELACIÓN



El temita viene de largo y es más delicado de lo que puede parecer. Por un lado, se ha generalizado el mensaje de que generar expectativas en las relaciones es algo inmaduro que parte de la idealización irreal de la otra persona y que esa persona será juzgada en tanto que sea capaz de ajustarse o no a ellas. Bastante injusto. Lo delicado viene porque, por otro lado, este mensaje es utilizado por las personas que eluden su responsabilidad afectiva, como estrategia de escaqueo cuando se les piden cuentas: No tienes derecho a pedirme explicaciones. Si te ha sentado mal lo que he (o no) hecho, la culpa es tuya por haber generado expectativas. Así transfieren la responsabilidad de tu malestar desde lo desconsiderado de su comportamiento a lo inmaduro de tu actitud. ¡Salvadas!

Entonces, ¿es legítimo y saludable generar expectativas?, ¿es más correcto, (y posible) no generarlas nunca?, ¿qué significa responsabilizarnos de nuestras expectativas?...

Para contestar a estas preguntas es imprescindible que al nombre “expectativas” le añadamos el apellido y saber de qué tipo de expectativas estamos hablando. Porque hay dos tipos: expectativas irracionales y expectativas razonables.  Así, las expectativas irracionales las generamos a partir de nuestros deseos y esperamos que la realidad se ajuste a ellas. Es algo sobre lo que no tenemos injerencia y que no tenemos derecho a exigir. En cambio, las expectativas razonables las generamos a partir de la realidad observada para deducir la forma más conveniente de adaptarnos o actuar ante ella. Esto nos permite utilizar nuestros recursos y capacidades de forma eficiente y conseguir el máximo bienestar posible en la realidad que nos toca vivir. Y también nos permite  detectar la incoherencia con rapidez para protegernos de posibles amenazas ocultas a nuestro bienestar.

Con este pequeño matiz que aporta el apellido, ya es mucho más fácil contestar a las preguntas. Ya verás, vuelve a leerlas. Una vez que esto se entiende, lo que de primeras se hace sencillo a continuación se vuelve a complicar con una nueva pregunta: ¿cómo se hace eso de generar expectativas razonables?

Generar expectativas es inevitable, incluso aceptando que la incertidumbre también forma parte de la vida. Tener expectativas no significa tener garantías, sino deducir el resultado más probable según los datos y la información que manejamos. Esto nos permite prepararnos lo mejor posible para el futuro, elegir según nuestra voluntad y responsabilizarnos de nuestras decisiones. Digamos que generamos expectativas constantemente de forma automática (más acertadamente o menos).

Pongamos que conocemos a alguien y nos gusta, nos atrae o nos resulta interesante. Generamos expectativas según la información que recibimos de la persona: por lo que dice, por su actitud, por el trato que nos da, por sus reacciones, porque se muestra interesada en nosotras, etc. Si lo que vemos de ella nos mola y nos resulta agradable, las expectativas son positivas, también molan. Es natural sentir cierto entusiasmo. En esta etapa es muy importante ser consciente de que la información que manejamos de la otra persona es escasísima y que, aunque sea positiva, lo único que nos indica es que podemos seguir relacionándonos con ella. No nos indica lo que de verdad podemos esperar de ella en una relación íntima o más profunda. Eso todavía no. Como digo en uno de mis talleres: Mientras no demuestre lo malo, podrá quedarse. Mientras no demuestre lo bueno, no me implicaré con ella más de lo que estoy ahora. Bajo esta premisa, generaríamos unas expectativas razonables.
En este punto es donde solemos cometer el primer error. Nos gusta recrearnos en el ligero entusiasmo natural de descubrir una nueva persona prometedora, y nuestra imaginación empieza a proyectar un posible futuro mucho mas detallado y concreto de lo que nos permite la información real de que disponemos. Pasamos del entusiasmo a fliparnos de alegría. Al hacer esto, se va desarrollando implacable e inconscientemente  el deseo de ese futuro, (que tanto puede ser convertirnos en pareja de por vida, como una sola noche de sexo placentero, o una experiencia especial indefinida). A base de recrearnos en ese futuro, con las emociones que nos provoca, nuestras expectativas ya están influenciadas por nuestro deseo, y compuestas por la poca información real más por la información imaginaria con la que nos hemos autosugestionado. Todo esto se siente más que se piensa. Sin darnos cuenta nos encontramos en casi la convicción de que las cosas saldrán como esperamos. Estas serían unas expectativas irracionales.

Con cada encuentro posterior, vamos recibiendo nueva información de la otra persona. Aquí es cuando cometemos el segundo error. Si nos muestra algo de ella que no nos gusta, lo que deberíamos hacer es recomponer la imagen global que tenemos de la persona, es decir, añadir esa nueva información a la que ya teníamos de los anteriores contactos para crear una imagen más completa y real de quien tenemos delante. Después, toca reajustar las expectativas a la nueva realidad, pero nos encontramos con un problema. Nos hemos aferrado a las expectativas iniciales y no nos planteamos renunciar a la esperanza de que puedan cumplirse, así que la información negativa la valoramos como algo anecdótico o puntual por mantener la buena imagen que habíamos construido de la otra persona con la información positiva. Esto es idealizar a las personas.

Cuando hacemos esto y de repente nos dejan, sentimos un gran desconcierto y pena. Nos toca afrontar un duelo por perder algo que, en realidad, puede que nunca hubiéramos tenido. Otras veces nos enganchamos en una relación conflictiva al no tolerar cada expresión de la otra que vaya en contra de la imagen que queremos mantener de ella. Intentamos que encaje en el molde que inventamos al principio. O nos quedamos en una relación insípida, que nunca llegó a ser lo que parecía en su momento, intentando encontrar esa chispa que falta y nos empeñamos en experimentar. Así pueden pasar meses y hasta años. Y otras veces por desgracia, a lo que nos damos cuenta estamos inmersas en una relación de maltrato o, a lo menos, abusiva.

Para generar expectativas razonables hay que cultivar la paciencia, disfrutar de lo que sí existe en cada momento y recrearnos únicamente en las vivencias reales, evitar evadirnos de nuestras rutinas imaginando el desenlace anhelado de la nueva relación, fuera de los encuentros debemos seguir con nuestra vida que lo que tenga que pasar, si realmente puede pasar, ya llegará. Y sobretodo, comprometernos con nuestra voluntad de observar y aceptar a la persona real que vamos descubriendo, reajustar las expectativas con cada nueva información relevante y adaptar nuestro comportamiento de forma coherente respecto a esa nueva información. A veces el reajuste nos obligará a terminar con la relación y, otras veces, acabamos construyendo una relación que, aunque distinta a la imaginada al principio, acaba mereciendo la pena muchísimo más.