RESPONSABILIDAD AFECTIVA EN RELACIONES ABIERTAS



¿Tienes claro qué significa responsabilidad afectiva y su diferenciación de otros conceptos como “cuidados” o “compromiso”? ¿Algunas veces sales perjudicada porque alguien no asume su responsabilidad afectiva y otras sientes que se te chantajea con exigencias injustas en nombre de ésta?

En este artículo intentaré explicar lo más claramente posible qué es la responsabilidad afectiva para que, en la práctica, sepas cuándo tienes derecho a exigirla y cuándo alguien está pervirtiendo el concepto para manipularte y abusar de tu afecto.


Últimamente han surgido debates sobre este tema en varios de mis círculos personales y he observado cierta tendencia -no una norma fija, pero sí tendencia a considerar-, y es que a los hombres les cuesta más entender el concepto, y la necesidad de reivindicarlo en las relaciones abiertas. Es cierto que “ahí fuera”, algunos hombres eluden su responsabilidad afectiva por una cuestión de puro egoísmo, pero en los debates que he tenido creo que no era por eso, se trataba de otra cuestión. Sospecho que tiene mucho que ver con la educación en los roles de género que hemos recibido y sus consecuencias en nuestras relaciones, al menos en las heterosexuales. Las mujeres hemos sido educadas en una supuesta capacidad superior -y obligación- para cuidar, lo que nos empuja a sobrepasar la asunción de responsabilidad afectiva para acabar ocupándonos del bienestar de los demás por encima del nuestro. Incluso llegamos a asumir más responsabilidad por el bienestar de otra persona que la que asume ella misma. Esto quiere decir que, por norma general en las relaciones afectivas, las mujeres cuidamos en exceso y los hombres no suelen padecer las consecuencias de que las mujeres con las que se implican íntima y emocionalmente sean desconsideradas con sus sentimientos y necesidades derivadas de esa implicación. Como no sufren la carencia de responsabilidad afectiva para con ellos, ni siquiera se paran a pensar en su existencia, ni en su impacto material y emocional, ni en la importancia de reivindicarla puesto que ellos ya la disfrutan. Es uno de tantos privilegios masculinos que les pasa inadvertido.

Y después de esta reflexión, voy a explicar y concretar qué significa Responsabilidad Afectiva. Es tan sencillo como unir las definiciones de las dos palabras por separado.

Yo la defino como la capacidad de una persona de reconocer y aceptar el impacto que sus decisiones y actos tendrán sobre las personas con las que se relaciona. Es decir, tener en cuenta a la persona con la que comparte vínculo afectivo y cómo le va a afectar lo que haga o deje de hacer por el hecho de mantener ese vínculo.

Es necesario este primer paso de reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho, para después poder valorar su idoneidad, para poder deducir el porqué del impacto negativo y, según ese porqué - esta es la clave -, decidir voluntariamente si llevarlo a cabo o no. En el marco de un vínculo afectivo, la idoneidad está directamente relacionada con que el impacto provocado por un hecho sea coherente con la intensidad del vínculo, con lo que se recibe y disfruta de la otra persona, y con el mensaje que se transmite al interactuar y las expectativas que genera. Cuando se valora todo esto, se sabe perfectamente si el hecho es injusto para la otra persona y por lo tanto se debe evitar si realmente se quiere ser coherente con la relación que se ha construido hasta el momento y con el afecto que se siente hacia la persona perjudicada.

¿Qué ocurre si se concluye que el hecho no supone ninguna injusticia ni incoherencia, pero la otra persona sí sufre por él? Pues que nos podemos encontrar en uno de esos casos en los que se pervierte el concepto de responsabilidad afectiva para, a través del chantaje emocional, condicionar el comportamiento de alguien y cargarle con la responsabilidad de cuidar unas sensibilidades que nada tienen que ver con la relación. En esta situación, la persona que sufre es la que está siendo injusta con la otra y la que le provoca un impacto negativo, por lo tanto, es la persona sufriente la que no está asumiendo su responsabilidad afectiva por evitar hacerse cargo de su propio desarrollo personal. Prefiere quedarse en el rol de víctima y que sea otra la que haga el esfuerzo necesario para evitarle el sufrimiento.

Por eso antes he señalado que en el porqué está la clave. Si actúas sin tener en cuenta a la otra persona, no llegas a valorar el impacto en ella de tus actos. Puede que le perjudiques o puede que no, la cuestión es que te da igual y eso es eludir tu responsabilidad afectiva. Y en cambio hay veces en las que, después de valorar el impacto y su porqué, decides actuar pese a saber que la otra persona sufrirá algún perjuicio, y ello no te hace irresponsable.

He querido aclarar esto último porque desde algunos entornos poliamorosos, se ha distorsionado mucho el concepto de “los cuidados”, mezclándolo con la responsabilidad afectiva, y llegando a defender y promocionar ciertas dinámicas abusivas en relaciones abiertas. Estas dinámicas se basan en que sólo el hecho de sufrir es lo que convierte en merecedora de cuidados en sus vínculos a una persona, independientemente del origen de su sufrimiento y de las injusticias que pueda provocar para la demás. Por eso mi consejo es que cuando leas sobre estos temas en libros, artículos o foros sobre no monogamias éticas, mantengas una actitud crítica.

Ahora que espero tengas más claro qué es la responsabilidad afectiva, siéntete en tu derecho a reclamarla cuando alguien la eluda y te haga daño, y no permitas que te acuse de celosa o controladora para desviar la atención y evitar tener que responder por su irresponsabilidad. Y siéntete en tu derecho también, de decir no cuando alguien te exija unos cuidados injustos para ti, aludiendo a vuestro vínculo afectivo.

Si realmente, todas y todos asumiéramos nuestra responsabilidad afectiva y tuviésemos la voluntad de ser coherentes siempre, no harían falta acuerdos ni normas en las relaciones abiertas para sentir seguridad y certeza en ellas.